Bryn Mawr Classical Review

Bryn Mawr Classical Review 2012.05.28

Ingo Gildenhard (ed.), Cicero, Against Verres, 2.1.53-86: Latin Text with Introduction, Study Questions, Commentary and English Translation.   Cambridge:  Open Book Publishers, 2011.  Pp. xiv, 193.  ISBN 9781906924539.  £14.95 (pb).  



Reviewed by Benjamín García-Hernández, Universidad Autónoma de Madrid (benjamin.garciahernandez@uam.es)

Full text

Los estudiantes universitarios, a quienes se destina este libro, encontrarán en él, al igual que cualquier amante de la prosa de Cicerón, una muestra de su brillante oratoria. Su contenido consta, en primer lugar, de una introducción histórico-literaria y del texto latino que se presenta a párrafo por página, con las cuestiones pertinentes de orden gramatical y sintáctico, así como estilísticas y temáticas. Sigue un amplio y detallado comentario que cubre también los aspectos lingüísticos, literarios e históricos, y que se completa con un elenco de figuras retóricas en seis páginas. Al final se da la traducción inglesa del texto y se concluye con un apéndice que invita a reflexionar sobre la oratoria ciceroniana y el imperialismo romano.

Con buen criterio el autor ha elegido la infamante aventura de Verres en Lámpsaco. El episodio tiene el interés de constituir una especie de argumento trágico en medio del amplio corpus de las Verrinas. Gildenhard no deja de reconocer ese carácter trágico, pero creemos que la estructura dramática del conjunto merece mayor explicación en sus fases de planteamiento, nudo y desenlace. En los párrafos 53-62 Cicerón expone los antecedentes de la acción: Verres hace un viaje oficial a las ciudades de la provincia de Asia, a fin de adquirir obras de arte. Se detiene en Lámpsaco, ciudad costera del Helesponto, y tan pronto como se aposenta, pide a sus subordinados que le busquen una mujer, doncella o no (uirgo aut mulier), de buen ver. Cicerón habla de la desenfrenada y escandalosa libido del personaje, pero no necesita aclarar, por ser bien sabido, que Verres era, según indica su nombre, un uerres (“verraco”), un semental porcino. Sin llamar la atención sobre su nombre “parlante” en este caso, se limita a describir su pretensión de animal verriondo; al fin y al cabo, este es solo un aspecto de su irrefrenable codicia de bienes ajenos. En tal sentido de bestia depredadora, Cicerón explotará a menudo la fuerza alusiva de este nombre propio y lo hará con la libertad que le permite la retirada del acusado tras la actio prima. Así, poco más delante de este cruel episodio, en 2.1.121, refiriéndose ya a la pretura en Roma, recuerda los juegos de palabras que hacía la gente con su nombre, hablando de ius uerrinum (“justicia verrina, verraqueña”) y de uerrem tam nequam (“verraco tan perjudicial”).

Luego viene el nudo de la acción (§§ 63-69) formado por los hechos criminales ocurridos en casa de Filodamo, personaje principal de la ciudad, obligado a hospedar a Rubrio, el desaprensivo factótum de Verres en los menesteres libidinosos, para facilitar el asalto a la hija de aquel. Durante una cena, sin el menor respeto a las leyes de hospitalidad, Rubrio exige la presencia de la joven. La negativa del padre da lugar a un brutal enfrentamiento en el que muere un lictor romano. El posterior enjuiciamiento y condena a muerte del padre y del hijo, que había acudido en su auxilio, constituyen el desenlace catastrófico (§§ 70-86) para una familia alcanzada por el poder abusivo de Verres.

La introducción del libro comprende una interesante comparación de las vidas de Verres y Cicerón, la presentación del conjunto de las Verrinas, con particular detalle del libro primero de la actio secunda; un esbozo de los modos persuasivos de la oratoria ciceroniana, de sus recursos argumentales, del contraste entre etopeya y pathos; y un resumen de la expansión de Roma por Grecia y Asia desde la primera guerra ilírica (229 a. C.). Tras el texto latino, el grueso del libro está constituido por el comentario. Es detallado, oportuno y siempre aleccionador en diversos planos: en el plano histórico, en la presentación de personajes y en la descripción de lugares; en el retórico, distinguiendo la narración y la argumentación, señalando la contraposición entre la conducta inmoral de Verres y la ejemplaridad de antiguos romanos, como modelos de uirtus heroica.

El autor se sirve de la edición y del comentario de T. N. Mitchell,1 pero su comentario es más lingüístico. Se explican las particularidades morfológicas y se aclaran las construcciones sintácticas. Tan solo echamos en falta alguna vez la perspectiva histórica. P. ej. en ne quid no ha desaparecido el primer elemento del indefinido (ali-), puesto que la forma antigua es quid y no aliquid (p. 107, 153); el preverbio com- mantiene su vocal, sin alcanzar la evolución de la preposición cum (p. 111). A lo largo del comentario se explican numerosos términos técnicos políticos, militares y jurídicos, así como palabras de la lengua común que no dejan de tener cierta complejidad. A propósito de la diferencia entre mulier y uirgo, cabe decir que la primera palabra puede oponerse a la segunda o no; y en este caso no son conceptos excluyentes, como se da a entender en la p. 106. Si mulier uirum non habebat, sería uirgo y menos probablemente divorciada o viuda. Lo que sí nos parece pertinente es la cuestión de por qué Cicerón, refiriéndose a la hija de Filodamo, habla constantemente de mulier. Esta palabra no tiene en absoluto el valor conyugal (“ser humano femenino casado”), característico del latín vulgar, donde el latín culto dice uxor. Podría pensarse que, empleando mulier, se hace referencia a una uirgo de cierta edad, pero no hay apoyos contextuales en este sentido.

La solución más sencilla es que el orador trata de insistir en el valor genérico de mulier (“ser humano femenino”). Y esta insistencia encuentra pleno sentido en el contexto convival. Se trata de la hija de Filodamo y, lo que es más relevante, este es el anfitrión y, como tal, se atenía a la norma griega que prohibía la presencia de las mujeres en los banquetes de los hombres: ut in conuiuio uirorum accumberent mulieres. Es, pues, la importancia de la oposición general mulier / uir la que justifica el uso reiterado de mulier, aplicado a la hija del anfitrión de la cena antes y después de sacar a colación la norma griega de separación de sexos. Cicerón es un pensador que asciende con facilidad de los sentidos particulares a los generales.

La polarización mulier / uir es superada por homo, como término neutro de la oposición privativa que forman las tres palabras. Y si el orador abunda en el uso genérico de mulier, sin conceder mayor importancia a si es uirgo o no, hace otro tanto con el empleo de homo, también frecuente, referido a Filodamo, como “ser humano” digno de lástima, o a Verres, como “ser humano” cruel; p. ej., cuando este oyó hablar de la hija de Filodamo como mulier eximia pulchritudine… summa integritate pudicitiaque, se enardeció de tal manera (homo… sic exarsit) que deseaba trasladarse inmediatamente a casa de su padre (§ 64). Los actos criminales de Verres tienen consecuencias trágicas; pero, gracias a la ironía con que Cicerón describe su comportamiento o glosa su nombre, parece más bien un personaje de comedia. El comentarista no deja de observar el lado cómico del personaje, así como su carácter bestial. En efecto, desde la perspectiva de sus víctimas, Verres pierde su naturaleza humana y, por su conducta depredadora, pasa a ser una bestia. La transformación animalesca viene facilitada por su nombre y se acentúa en los insultos que recibe de la gente, cuando le aplican directamente el sustantivo uerres o el adjetivo uerrinus (2.1.121). Sin embargo, Cicerón prefiere explotar la alusión animal del nombre de Verres de forma más indirecta, con ironía más fina. Así, en otro lugar (véase n. 2) hemos propuesto que el sustantivo sus, suis (“cerdo”) se esconde bajo ciertas formas del pronombre se y del adjetivo suus; p. ej., en 2.3.22, donde se dice que los colaboradores de Verres eran sui similes (“semejantes de sí”, esto es, “semejantes al cerdo”), mientras su principal colaborador, Apronio, que lleva nombre de cerdo salvaje (aper), era sui simillimus.

Según señala el autor, el adjetivo singularis es un “thematic superlative” (p. 144) que alterna con superlativos gramaticales. Sin duda; pero sospechamos que ese adjetivo, que alcanza una frecuencia inusitada en las Verrinas, tiene además una intención alusiva siempre que se refiere a los dos personajes que llevan nombre de verraco (Verres) y de jabalí (Apronius). La expresión singularis nequitia (§ 76) se aplica otras dos veces a Verres (2.2.134; 2.5.92) y una a Apronio (2.3.106). En ella vemos la abstracción del insulto concreto uerrem tam nequam; si nequam se transforma en nequitia, el adjetivo singularis viene a representar de forma alusiva los sustantivos uerres o aper que están en la base de Verres y Apronius. Lo que hace suponer que singularis, étimo de los nombres del jabalí en catalán (senglar), francés (sanglier), italiano (cinghiale), etc., era ya en tiempo de Cicerón epíteto característico del cerdo salvaje.2

Por último, hemos de destacar, entre otros aspectos notables del libro reseñado, que su autor procura en todo momento hacer ver cómo la expresión gramatical, la construcción sintáctica o la figura estilística están siempre en función de la intención del orador y del sentido que este pretende dar al texto. La tendencia de Cicerón a exagerar el contraste moral entre Verrres y sus víctimas lo lleva a prodigar el uso de expresiones de carácter absoluto (nullus, omnes, etc.) y de superlativos. He aquí, a título de ejemplo, la conclusión que le merece la ejecución de Filodamo y su hijo:

securi esse percussos homines innocentis nobilis, socios populi Romani atque amicos, propter hominis flagitiosissimi singularem nequitiam atque improbissimam cupiditatem. (§ 76)

innocent and high-ranking humans, allies and friends of the Roman people were struck by the axe of the executioner because of the unique worthlessness and most wicked lust of this most disgraceful human being! (p. 184)

La complicación sintáctica que se advierte en muchos pasajes refleja no solo la complejidad del pensamiento, sino el conflicto de sentimientos que crean verdugo y víctimas. No es lo mismo una disposición paralela de los elementos de la frase que una disposición quiástica o antitética; no dan lo mismo las interrogaciones retóricas que las pretericiones; no es lo mismo la insistencia expresiva de la aliteración, la paronomasia o el polisíndeton que el ritmo rápido del asíndeton, la elipsis o el infinitivo histórico. Eso y mucho más podrán percibir quienes tengan el gusto de seguir el instructivo comentario de este libro.


Notes:


1.   T. N. Mitchell, Cicero, Verrines II.1, with Translation and Commentary. Warminster: Aris and Phillips, 1986.
2.   Con mayor detalle pueden verse estas alusiones porcinas en los capítulos IV (“La razón porcina de la semejanza de Verres y Apronio”) y V (“La singularidad de Apronio y Verres”) de nuestro libro: B. García-Hernández, De iure uerrino. El derecho, el aderezo culinario y el augurio de los nombres. Madrid: Dykinson, 2007.

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